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"Tengo mucho miedo de regresar allá abajo", dijo Carlos Mamani, uno de los 33 trabajadores que permaneció 70 días a 700 metros bajo tierra en la mina San José, en Copiapó, ubicada unos 850 kilómetros al norte de Santiago, en el desierto de Atacama. "Tengo muchas pesadillas, malos sueños. No se saldrán de mi cabeza. Se quedaron ahí para siempre".
Mamani es el único extranjero de los 33. Nació en Bolivia, pero prefirió quedarse en Chile a pesar de las ofertas hechas por el presidente Evo morales, quien le prometió una casa y un trabajo en su país. "Él fue sincero. Yo tenía que tomar una decisión y decir dónde quería quedarme. Y me quedé en chile. Era lo más conveniente. Aquí iba a ver más oportunidades que en Bolivia".
Los sueños duraron menos tiempo que la pesadilla. A comienzos de febrero la mayoría de los mineros fue dado de alta y expiraron las licencias médicas. También los sueldos. "Los 33 estamos en lo mismo, sin trabajo", se lamenta Mamani. "Algunos se mantienen dando charlas para motivar a la gente, y otros estamos esperando que vengan las oportunidades".
El último secreto
Los 33 miden las palabras cuando hablan con la prensa. Se toman su tiempo para responder, se detienen en mitad de un relato, toman aire, sonríen, nerviosos, y son delicados al momento se referirse a los primeros 17 días cuando nadie, excepto ellos, sabían que estaban.
Hace pocos días Samuel Ávalos confesó a periodistas de Televisión Nacional de Chile (TVN) y la BBC, que durante el encierro y cuando la falta de alimentos les impedía desplazarse con normalidad, pensó junto a sus compañeros comerse a "quien primero caía".
Mamani no quiso hablar del tema. "Cada uno sabe lo que tiene que decir", dijo. "No
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